(Versión castellano)
El otoño, por su luces y colores tan particulares, por la bajada de temperaturas, por el comportamiento de la naturaleza, entre otras cosas, ha sido un momento en el que los artistas se han visto cautivados en múltiples ocasiones. Los compositores no han sido la excepción y no han escapado a tan variada fuente de inspiración. Los hay de diferentes géneros y para diversas formaciones. Además del tremendamente conocido concierto para violín de Vivaldi El Otoño de las Cuatro Estaciones, otros compositores, más o menos conocidos, han dedicado suites a las cuatro estaciones, con su debido paso por el otoño, como Glazunov, Piazzola, Chaikovsky, cada uno con un concepto diferente. Hay canciones que permanecen en la memoria musical de la sociedad como Feuilles Mortes, descubierta e interpretada por Ives Montand y convertida por los músicos de jazz en Autume Leaves. O también hay movimientos de grandes obras como el Lied, El solitario en otoño de la Canción de la Tierra, de Gustav Mahler, donde el otoño parece invitar a la soledad y la meditación. Un Gustav Mahler enfermo ya en sus últimas horas, que debió sentirse muy identificado con los versos del poema, sobre todo en ese último que dice “mi corazón está cansado”. También podemos encontrar piezas pequeñas como la canción de Schubert, Herbst (Otoño) donde coincide en esa idea de deshojamiento progresivo de vestido de la naturaleza y la sensación de soledad.
Generalmente se trata de verdaderos poemas musicales que expresan la nostalgia de los compositores por el paso de días más felices. Y entre la lista de compositores, siempre encontramos algunos nombres poco conocidos por el hecho de no pertenecer al género masculino. Con más de trescientas obras en su haber, dedicadas a múltiples instrumentos y géneros, es el caso de la compositora francesa Melanie Helene Bonis, o Mel Bonis, tal y como es conocida, ya que tomó la acepción masculina de su nombre para no encontrar prejuicios a la hora de poder editar sus composiciones. Perteneciente a una familia de clase media baja, aprendió sola a tocar el piano sin ningún interés por parte de sus padres en una educación musical, hasta que, como suele suceder en muchos casos, un amigo de la familia les animó a que le permitiesen asistir a clase en el conservatorio de Paris, donde fue alumna entre otros de Cesar Franck y compartiendo aula con Debussy y Pierné entre otros. Allí conoció al amor de su vida, el poeta Amédée Landély Hettich, aunque no fue con él con quien sus padres concertaron su matrimonio. El marido que le tocó en suerte, un rico viudo con cinco hijos, no tenía ningún tipo de interés en la música y la obligó a dejar sus composiciones y a ocuparse de sus hijos y de los otros tres que nacieron del matrimonio con Mel Bonis.
Una vez más la historia se repite: niña con talento ignorado por sus padres, un amigo músico de la familia que los convence que tiene que estudiar en el conservatorio, la estudiante resulta ser alumna destacada en el Conservatorio de París en la clase de compositores célebres, los padres conciertan un matrimonio, la compositora se casa y entonces deja de componer por exigencias del marido. El resultado es tan triste como real y común.
Como sucedió también en otros casos los avatares del destino caprichoso y las vueltas de la vida hicieron que las músicas de Mel Bonis no quedasen solamente en su cabeza. La fortuna hizo que se volviera a encontrar con Amédée Landély Hettich, el poeta de quién estaba enamorada. Él fue quién la convenció para que retomara su actividad compositiva.
El resultado fue que a partir de ese momento, Mel Bonis puso todas sus fuerzas y energías en la composición, formando parte de la Societé des compositeurs de musique, de la que fue secretaria, (algo impensable para una mujer en la época) y editando sus obras con Editions Alphonse-Leduc. Su producción es soberbia y variada. Está formada por más de sesenta obras para piano, a las que hay que añadir las obras para cuatro manos, dos pianos y obras de carácter pedagógico. Una veintena de obras para música de cámara, más de cincuenta canciones a dos o más voces, de carácter religioso y profano, una misa, marchas de órgano y once piezas para orquesta.
La obra de Bonis, es abundante y variada, pasando por casi todos los géneros. De estilo post romántico, podemos decir que se encuentra a mitad camino entre Chopin y Debussy, con tintes impresionistas, algunas ocasiones orientalistas, con una gran profundidad espiritual, espejo de un alma de mucha sensibilidad y dotada de gran psiquismo.
Entre principios de siglo XX y la Primera Guerra Mundial, Bonis luchó para que su música fuese difundida: enviaba sus composiciones a los intérpretes que conocía en Francia y Suiza, además de enviarlas también a todas las escuelas de música de alrededores de Paris que le pedían nuevas obras. Pero todo ello, junto con el hecho de haber ganado varios premios de composición que le daba derecho a que su música fuese interpretada en prestigiosas salas de Paris, no fue suficiente para que su música se introdujera entre los repertorios habituales. Su entorno nunca fue consciente del talento que tenía la mujer con la compartían su vida. Los últimos años de su vida, por decisión propia, vivió aislada, dedicada a la composición pero sumida en la tristeza al ver que nunca escucharía sus obras. A su muerte, sus hijos descubrieron con sorpresa a través de sus diarios que su madre era una persona fuera de lo común. En la actualidad, existe una asociación que lucha por recuperar su obra y reparar el daño poniendo en valor su figura.
