(Versión castellano)
Llega diciembre y es inevitable que se cuele en la vida cotidiana la época navideña, en forma de anuncio publicitario, de dulces, de luces, de decoración y, ¡cómo no! De música. Dentro de este grupo, hay diferentes composiciones a propósito de la Navidad: El Mesías de Haendel, el Oratorio de Navidad de Bach, el Concierto de Navidad de Corelli, Christmas Carol de Britten o la suite orquestal Christmas Eve de Rimsky-Korsakov, se convierten en unos pocos ejemplos del vasto repertorio dedicado a la música navideña.
De entre todas estas creaciones, la que más se programa en los teatros del mundo por estas fechas es la del ballet de Chaikovski, El Cascanueces.
El motivo se encuentra en que no sólo la música es deliciosa, sino que combina elementos muy apropiados para estas fechas como son la magia, las golosinas, los juguetes y todo ello bajo la mirada infantil de la protagonista, Clara, una niña de nueve o diez años, una niña que en poco tiempo dejará la riqueza imaginativa y la fantasía del mundo de los niños para adentrarse en el serio mundo de los adultos. La historia cuenta como Clara, después de recibir un cascanueces de regalo del tío Drosselmeyer, se convierte en la responsable de deshacer la maldición que ha transformado al Príncipe del País de las Golosinas en un muñeco cascanueces, al derrotar al Rey de los Ratones. El Hada de Azúcar, personaje que se ha encargado de gobernar el reino en ausencia del príncipe, da una fiesta de bienvenida para agradecer a Clara su proeza. Con ellos, ya tenemos los ingredientes perfectos para un gran éxito entre el público infantil (y no tan infantil): una fiesta de Navidad con árbol y regalos incluidos, un país de chucherías lejano, una hada y una niña como protagonista.
Pero este éxito tan popular no siempre fue así. A pesar de toda esa magia y esa fantasía, la sencillez e ingenuidad que aportan el cuento-ballet no fue del agrado del público ruso que estaba acostumbrados a los ballets que contenían una historia dramática con mucho contenido simbólico. Así pues, ¿cómo fue qué del fracaso más absoluto ha pasado a convertirse en la pieza más representada en Navidad? El inicio de este éxito lo encontramos en Estados Unidos en los años 50 de la mano del bailarín y coreógrafo George Balanchine, cuando hizo su propia versión para el New York Ballet. Esta representación se repitió año tras año y, en 1957, tres años después de su estreno, la televisión americana decidió retransmitir esta representación en directo para todo el país. A los americanos, que no estaban acostumbrados al ballet clásico, les encantó la versión de Balanchine, en la que destacaba la presencia de más de sesenta niños, procedentes de la School of American Ballet, que participaron en la representación junto con los bailarines de la compañía de danza de New York y la orquesta Sinfónica de New York. Se trata de una concepción muy colorista en las escenografías y un vestuario lleno de imaginación para las escenas que se desarrollan en el país de las golosinas y, acorde a la época de principios del siglo XX para la escena de la fiesta de Navidad en casa de los Stalbaum. De entre todo ello, destaca el árbol de Navidad que va creciendo, poco a poco, hasta convertirse en un árbol gigante. En cuanto a la coreografía, tal y como dijo el bailarín Silas Garley: “la coreografía de Balanchine para cada uno de los divertimentos del Acto II (todos bailados por criaturas encantadas) se trata de la exploración y explotación de uno o dos pasos básicos del ballet; así, por ejemplo, el Mazapán es un tratado en miniatura sobre el trabajo de las puntas; en menos de dos minutos Balanchine define claramente todas las formas en las que una bailarina puede moverse dentro y fuera de la punta (relevé, piqué, saltando a la punta, caminando sobre punta y saltando sobre punta)”.
De todos los americanos cautivados por esta música, hubo uno en concreto, que se vio tan seducido por la música del ballet del Cascanueces, que le llevó a hacer su propia versión de la música de Chaikovski y es por eso que encontramos una versión de jazz de la suite del Cascanueces. Ni más ni menos que se trataba del gran Duke Ellington. Tal y como decía en la carátula de su disco, “Duke Ellington y Piotr Ilich Chaikovski se conocieron en Las Vegas mientras la banda de Duke tenía un creciente número de espectadores en el Hotel Riviera. Por primera vez, Ellington había decidido dedicar todo un álbum, no a obras propias, sino a obras arregladas de otros compositores, y Chaikovski fue la opción natural”. Una nota escrita por el redactor publicitario Irving Townsend para la edición que publicó Columbia Records, no exenta de humor, ya que cuando nació Ellington, Chaikovski llevaba muerto seis años. Evidentemente, el encuentro no pudo ser posible, pero la idea de que estos dos grandes músicos pasearan juntos por las Vegas y hablaran del género suite, resulta una idea tan sugestiva como chocante, imaginarles a los dos hablando de colaborar en esta gloriosa invitación a la fiesta de Navidad, puede, por lo menos, hacernos esbozar una sonrisa.
Y es que verdaderamente, el Cascanueces se ha convertido en el preludio a las celebraciones navideñas. En Nueva York, la representación del Cascanueces en el Lincoln Center por el New York Ballet, no solo se ha convertido en una tradición, sino que su estreno, el día siguiente al Día de Acción de Gracias (último jueves de noviembre), supone el inicio de las fiestas. Una vez más, la música clásica se integra en la vida cotidiana de las ciudades casi sin quererlo y sin darse cuenta sus habitantes. Y, discúlpenme, damas y caballeros, en los tiempos que corren, ¡esto sí que es un verdadero milagro!
(Versión en valenciano)
Chaikovski a Nova York City.
Arriba desembre i és inevitable que es cole en la vida quotidiana l’època nadalenca, en forma d’anunci publicitari, de dolços, de llums, de decoració i, com no!… de música. Dins d’aquest grup, hi ha diferents composicions a propòsit del Nadal: El Mesies de Händel, l’Oratori de Nadal de Bach, el Concert de Nadal de Corelli, Christmas Carol’s de Britten o la suite orquestral Christmas Eve de Rimsky-Korsakov, es converteixen en uns pocs exemples del vast repertori dedicat a la música nadalenca.
D’entre totes aquestes creacions, la que més es programa en els teatres del món per aquestes dates és la del ballet de Chaikovski, El Trencanous.
El motiu es troba en que no sols la música és deliciosa, sinó que combina elements molt apropiats per a aquestes dates com són la màgia, les llepolies, els joguets i tot això sota la mirada infantil de la protagonista, Clara, una xiqueta de nou o deu anys, una xiqueta que en poc temps deixarà la riquesa imaginativa i la fantasia del món dels xiquets per a endinsar-se en el seriós món dels adults. La història conta com Clara, després de rebre un trencanous de regal de l’oncle Drosselmeyer, es converteix en la responsable de desfer la maledicció que ha transformat al Príncipe del País de les Llepolies en un ninot trencanous, en derrotar al Rei dels Ratolins. La Fada de Sucre, personatge que s’ha encarregat de governar el regne en absència del príncep, dona una festa de benvinguda per a agrair a Clara la seua proesa. Amb ells, ja tenim els ingredients perfectes per a un gran èxit entre el públic infantil (i no tan infantil): una festa de Nadal amb arbre i regals inclosos, un país de llunyà de llepolies, una fada, un príncep i una xiqueta protagonista.
Però aquest èxit tan popular no sempre va ser així. Malgrat tota aqueixa màgia i aqueixa fantasia, la senzillesa i ingenuïtat que aporten el conte-ballet no va ser del grat del públic rus que estava acostumat als ballets que contenien una història dramàtica amb molt de contingut simbòlic. Així doncs, com va ser què del fracàs més absolut ha passat a convertir-se en la peça més representada per Nadal? L’inici d’aquest èxit el trobem als Estats Units en els anys 50 de la mà del ballarí i coreògraf George Balanchine, quan va fer la seua pròpia versió per al Nova York Ballet. Aquesta representació es va repetir any rere any i, en 1957, tres anys després de la seua estrena, la televisió americana va decidir retransmetre aquesta representació en directe per a tot el país. Als americans, que no estaven acostumats al ballet clàssic, els va encantar la versió de Balanchine, en la qual destacava la presència de més de seixanta xiquets, procedents de la School of American Ballet, que van participar en la representació juntament amb els ballarins de la companyia de dansa de Nova York i l’orquestra Simfònica de Nova York. Es tracta d’una concepció molt colorista en les escenografies i un vestuari ple d’imaginació per a les escenes que es desenvolupen al país de les llepolies i, acord a l’època de principis del segle XX per a l’escena de la festa de Nadal a casa dels Stalbaum. D’entre tot això, destaca l’arbre de Nadal que va creixent, a poc a poc, fins a convertir-se en un arbre gegant a l’escena del somni de Clara. Quant a la coreografia, tal com va dir el ballarí Silas Garley, “la coreografia de Balanchine per a cadascun dels divertimentos de l’Acte II (tots ballats per criatures encantades) es tracta de l’exploració i explotació d’un o dos passos bàsics del ballet; així, per exemple, el Mazapan és un tractat en miniatura sobre el treball de les puntes; en menys de dos minuts Balanchine defineix clarament totes les formes en les quals una ballarina pot moure’s dins i fora de la punta (relevé, piqué, saltant a la punta, caminant sobre punta i saltant sobre punta).
De tots els americans captivats per aquesta música, va haver-hi un en concret, que es viu tan seduït per la música del ballet del Trencanous, que li va portar a fer la seua pròpia versió de la música de Tchaikovsky i és per això que trobem una versió de jazz de la suite del Trencanous. Ni més ni menys que es tractava del gran Duke Ellington. Tal com deia en la caràtula del seu disc, “Duke Ellington i Piotr Ilich Tchaikovski es van conéixer a Las Vegas mentre la banda de Duke tenia un creixent nombre d’espectadors a l’Hotel Riviera. Per primera vegada, Ellington havia decidit dedicar tot un àlbum, no a obres pròpies, sinó a obres arreglades d’altres compositors, i Chaikovski va ser l’opció natural”. Una nota escrita pel redactor publicitari Irving Townsend per a l’edició que va publicar Columbia Rècords, no exempta d’humor, ja que quan va nàixer Ellington, Chaikovski portava mort sis anys. Evidentment, la trobada no va poder ser possible, però la idea que aquests dos grans músics passejaren junts per Las Vegas i parlaren del gènere suite, resulta una idea tan suggestiva com xocant, imaginar-los als dos parlant de col·laborar en aquesta gloriosa invitació a la festa de Nadal, no pot almenys fer-nos esbossar un somriure.
I és que veritablement, el Trencanous s’ha convertit en el preludi a les celebracions nadalenques. A Nova York, la representació del Trencanous en el Lincoln Center pel Nova York Ballet, no sols s’ha convertit en una tradició, sinó que la seua estrena, l’endemà del Dia d’Acció de Gràcies (últim dijous de novembre), suposa l’inici de les festes. Una vegada més, la música clàssica s’integra en la vida quotidiana de les ciutats quasi sense voler-ho i sense adonar-se els seus habitants. I, disculpen-me, dames i cavallers, en els temps que corren, això sí que és un vertader miracle!
Piotr Ilich Chaikovski (Vótkinsk 1840 – San Petersburgo 1893)
