(Versión castellano)
Existe la creencia, o más bien el convencimiento, que mediante los libros se puede viajar. No se trata de llevarse un libro y ponerse a leer en el tren o en el avión, que también es muy recomendable. ¡No! Se trata de sumergirse entre las líneas de las páginas de un libro y trasladarse a lugares lejanos o no tan lejanos, sin apenas salir de tu casa o sentado en el sillón de una biblioteca, por ejemplo, imaginar que estás en París, New York, Mumbai o incluso en viajar al Centro de la Tierra, con Julio Verne.
También, a través de los cuadros se puede viajar más fácilmente aún que con los libros, ya que son capaces de mostrarnos imágenes reales de sitios desconocidos para nosotros. Eso sí, imágenes muy limitadas. Para ampliar el zoom, deberíamos acudir al cine y ahí, sí encontramos unas posibilidades más amplias de conocer el mundo en el que vivimos. Documentales, películas, programas de cocina,… hay un largo etcétera de posibilidades con las artes visuales para mostrarnos la riqueza y variedad de este planeta a todos los niveles.
Pero, ¿y la música? ¿Qué pasa con la música? A pesar de no ser un arte visual, tiene la misma capacidad que los libros, la pintura o el cine de transportarnos a emplazamientos desconocidos. Es habitual que a través de la música se cuenten historias, incluso, se pueda describir personajes tanto de ficción como reales. No es complicado imaginar que una música se pueda asociar con un sentimiento, con una cualidad, con una forma de andar, pero… ¿Con ciudades? ¿Paisajes? ¿Lugares? ¿Olores? ¿Con el frío? Pues la respuesta es un rotundo ¡Sí! Desde hace más de cuatrocientos años que ha habido compositores que lo intentaron y desde luego lo consiguieron utilizando diferentes recursos musicales. Vivaldi, Debussy, Sibelius, Dvorak, Copland… La música, los lugares y los viajes siempre han tenido una relación muy especial. A Ottorino Respighi, la música le sirvió para hacerle un homenaje a la ciudad que le acogió y a la que se mudó después de convertirse en catedrático de composición del conservatorio Santa Cecilia di Roma y lo hizo componiendo tres piezas orquestales en las que describía tres elementos importantísimos de la Ciudad Eterna: los árboles, las fuentes y las fiestas.
En sus obras se puede encontrar un lenguaje novedoso, aunque hoy en día, después de todo lo que ha sucedido musicalmente posteriormente a sus composiciones, su novedad se pierde para el público de hoy. Utilizó recursos tan sorprendentes para su época como la grabación fonográfica de un ruiseñor para ser reproducido junto con la orquesta en el momento de su interpretación en los Pinos de Roma. Hoy en día esto ni sorprendería, se aceptaría sin más. Pero en aquella época, esto provocó un acalorado debate estético. No hay que olvidar que estamos hablando de los primeros años del siglo XX.
El poema sinfónico Pinos de Roma, es la segunda de las obras del tríptico romano, que junto con las Fuentes y las Fiestas, son un tributo a la ciudad romana y está dividida en cuatro movimientos. El primero, I pini di Villa Borghese, muestra a niños jugando fuera de la Villa Borghese, el lujoso hogar de una de las familias mas influyentes de la Roma del siglo XVII. Se trata de una música que contagia la alegría exultante e inocente propia de la niñez y el juego utilizando una melodía que bien podría ser una canción infantil. Pini presso una catacomba, su segundo movimiento, representa una iglesia solitaria en medio de un campo romano salpicado de pinos. Podemos sentir muy bien el desamparo y la soledad a través de la melodía grave y lenta que exponen los trombones, introducidos por las notas del órgano, simulando las plegarias de los sacerdotes que emergen de las profundidades de la tierra. En el tercer movimiento, I pini del Gianicolo, Respighi pinta un retrato musical captando la quietud y la armonía del ambiente nocturno, liviano, etéreo, como si de una acuarela se tratase. El Gianicolo, era una de las siete colinas de Roma, nombrada así por albergar el templo dedicado a Jano, dios romano de las puertas, de los principios y de los finales. Es para esta sección para la cual Respighi se decidió por introducir la grabación de un ruiseñor en medio de la quietud nocturna que suena al final junto con la orquesta, con la intención de captar perfectamente esta atmósfera. La obra finaliza con I pini della Via Appia, la vía militar de la República Romana, una vía bordeada de pinos. La imagen musical representa a las legiones romanas al amanecer emergiendo de la niebla a través de los sonidos graves del piano. La orquesta, creciendo en intensidad, nos hace llegar la sensación del acercamiento de los soldados a la colina del Capitolio, al mismo tiempo que el sol va subiendo en el cielo y brillando con todo su esplendor. Respighi quería que el espectador, sentado en su butaca, sintiese el temblor del suelo producido por esa llegada de las huestes romanas que, por su número, incluso hacían temblar el suelo. Para ello incluyó el uso de los graves del órgano, pudiendo considerarse pionero, en cierta manera, en la utilización del sonido surround. Las trompetas anuncian a las legiones que ya se divisan en el horizonte, y podemos incluso pensar en un «¡ya están ahí, ya llegan!». Cientos y cientos de soldados marchan. Legionarios sucios, polvorientos, barbudos, pero victoriosos y felices, dirigidos por el Cónsul Republicano, llegan a la colina del Capitolio, al más puro estilo de Hollywood.
Aunque el lenguaje de Respighi, hoy en día, parezca más ligado a un lenguaje clásico, sus aportaciones a través de este tríptico de poemas sinfónicos han sido fundamentales en el desarrollo de la música para cine, encontrando en la música de John Williams su máximo heredero, ya que como él mismo ha reconocido, su obra es fundamental fuente de inspiración para conectar imágenes y personajes con sentimientos y emociones.
(Versión valenciano)
Pins de Roma, d’Ottorino Respighi
Existeix la creença, o més bé la convicció, que a través dels llibres es pot viatjar. No es tracta de portar un llibre i posar-se a llegir en el tren o en l’avió, que també és molt recomanable. No! Es tracta d’immergir-se entre les línies de les pàgines d’un llibre i traslladar-se a llocs llunyans o no tan llunyans, sense sortir apenes de casa teva, o sentat al sofà d’una biblioteca, per exemple, imaginar que estàs a París, Nova York, Mumbai o fins i tot viatjar al Centre de la Terra, amb Jules Verne.
També, a través dels quadres es pot viatjar més fàcilment encara que amb els llibres, ja que són capaços de mostrar-nos imatges reals de llocs desconeguts per a nosaltres. Això sí, imatges molt limitades. Per ampliar el zoom, hauríem d’acudir al cinema i allà sí que trobem unes possibilitats més àmplies de conèixer el món en què vivim. Documentals, pel·lícules, programes de cuina,… hi ha un llarg etcètera de possibilitats amb les arts visuals per mostrar-nos la riquesa i varietat d’aquest planeta a tots els nivells.
Però, i la música? Què passa amb la música? Malgrat no ser una art visual, té la mateixa capacitat que els llibres, la pintura o el cinema de transportar-nos a emplaçaments desconeguts. És habitual que a través de la música es puguin explicar històries, fins i tot, es puga descriure personatges tant de ficció com reals. No és complicat imaginar que una música s’ associe amb un sentiment, amb una qualitat, amb una forma de caminar, però… Amb ciutats? Paisatges? Llocs? Olors? Amb el fred? Doncs la resposta és un rotund Sí! Des de fa més de quatre-cents anys que hi ha hagut compositors que ho han intentat i, sense cap dubte, ho van aconseguir utilitzant diferents recursos musicals. Vivaldi, Debussy, Sibelius, Dvorak, Copland… La música, els llocs i els viatges sempre han tingut una relació molt especial. A Ottorino Respighi, la música li va servir per fer-li un homenatge a la ciutat que el va acollir i a la que es va mudar després de convertir-se en catedràtic de composició del conservatori Santa Cecilia di Roma i ho va fer component tres peces orquestrals en les quals descriu tres elements importantíssims de la Ciutat Eterna: els arbres, les fonts i les festes.
En les seves obres es pot trobar un llenguatge innovador, tot i que huí en dia, després de tot el que ha passat musicalment posteriorment a les seves composicions, la seva novetat es perd per al públic actual. Va utilitzar recursos tan sorprenents per a la seva època com la gravació fonogràfica d’un rossinyol per a ser reproduït juntament amb l’orquestra en el moment de la seva interpretació als Pins de Roma. Avui en dia això no sorprendria, s’acceptaria sense més. Però en aquella època, aquest experiment va provocar un acalorat debat estètic. No hem d’oblidar que estem parlant dels primers anys del segle XX.
El poema simfònic Pins de Roma és la segona de les obres del tríptic romà, que juntament amb les Fonts i les Festes, són un tribut a la ciutat romana i està dividida en quatre moviments. El primer, I pini di Villa Borghese, mostra xiquets jugant fora de la Villa Borghese, el luxós llar d’una de les famílies més influents de la Roma del segle XVII. Es tracta d’una música que contagia l’alegria exultant i innocent pròpia de la infància i el joc, utilitzant una melodia que ben podria ser una cançó infantil. Pini presso una catacomba, el seu segon moviment, representa una església solitària enmig d’un camp romà tacat de pins. Podem sentir molt bé la desprotecció i la solitud a través de la melodia greu i lenta que exposen els trombons, introduïts per les notes de l’orgue, simul·lant les pregàries dels sacerdots que emergeixen de les profunditats de la terra. En el tercer moviment, I pini del Gianicolo, Respighi pinta un retrat musical captant la quietud i l’harmonia de l’ambient nocturn, lleuger, eteri, com si d’una aquarel·la es tractés. El Gianicolo era una de les set colines de Roma, nomenada així per allotjar el temple dedicat a Jano, déu romà de les portes, dels principis i dels finals. Aquesta secció és per a la qual Respighi va decidir introduir la gravació d’un rossinyol enmig de la quietud nocturna que sona al final juntament amb l’orquestra, amb la intenció de captar perfectament aquesta atmosfera. L’obra finalitza amb I pini della Via Appia, la via militar de la República Romana, una via vorejada de pins. La imatge musical representa les legions romanes a l’alba emergint de la boira a través dels sons greus del piano. L’orquestra, creixent en intensitat, ens fa arribar la sensació de l’apropament dels soldats a la colina del Capitoli, al mateix temps que el sol va pujant al cel i brillant amb tot el seu esplendor. Respighi volia que l’espectador, assegut a la seva butaca, sentís el tremolor del sòl produït per aquesta arribada de les hordes romanes que, pel seu número, fins i tot feien tremolar el terra. Per això va incloure l’ús dels greus de l’òrgan, podent considerar-se pioner, en certa manera, en la utilització del so surround. Les trompetes anuncien a les legions que ja es divisen a l’horitzó, i podem fins i tot pensar en un «ja són aquí, ja arriben!». Centenars i centenars de soldats marxen. Legionaris bruts, polsosos, barbuts, però victoriosos i feliços, dirigits pel Consul Republicà, arriben a la colina del Capitoli, al més pur estil de Hollywood.
Tot i que el llenguatge de Respighi, avui en dia, sembla més lligat a un llenguatge clàssic, les seves aportacions a través d’aquest tríptic de poemes simfònics han estat fonamentals en el desenvolupament de la música per a cinema, trobant en la música de John Williams el seu màxim hereu, ja que com ell mateix ha reconegut, la seva obra és font fonamental d’inspiració per connectar imatges i personatges amb sentiments i emocions.
Ottorino Respighi (Bolonia 1879 – Roma 1936)
